La alquimia argelina, señales de alarma al régimen

En 2011, el mundo árabe entró en una fase histórica que sigue siendo de actualidad. La “Primavera árabe” marcó un paso muy importante, y fueron muy pocos los observadores que lo anticiparon.

Una situación parecida se está repitiendo hoy en Argelia. Nos habíamos acostumbrado tanto al reinado de Abdelaziz Buteflika, cuya presidencia empezó en el año 1999, que no quisimos creer en ninguna posibilidad de cambio.

Buteflika pudo encadenar cuatro mandatos seguidos gracias a un sistema que le apoyó a cambio de privilegios concedidos a empresarios, políticos, militares, así como miembros de los servicios de inteligencia. De aquí también el hecho de que Argelia sigue contando hoy como uno de los países los más corruptos del mundo, según la ONG Transparency International.

La situación económica de Argelia no es sana. La dependencia de la economía argelina a los ingresos generados por el gas y el petróleo permitió al aparato de estado comprar la “paz social” durante décadas. Pero algo cambió; el envejecimiento del presidente vino junto a un rejuvenecimiento de la población. El 55% de los argelinos tienen menos de 30 años, mientras los menores de 25 años forman más de 45% de la población, según los datos de la oficina nacional de las estadísticas argelina. Y son estos jóvenes que forman el corazón de la dinámica social argelina.

Buteflika tuvo su momento de gloria, y son una minoría los que lo odian. A pesar de sus defectos, se le reconoce como quien permitió al país romper con la “década negra” de los noventa, cuando los enfrentamientos entre el Ejército y varios movimientos islamistas dejarón más de 150 000 muertos.

Además, a la hora de buscar quienes son los culpables de los fallos y de los límites del país, la población tiende a criticar a elementos ocultos que forman parte del sistema más que a atacar al presidente. Para los argelinos, Buteflika no es mucho más que una pieza manipulada por unos hombres en la sombra que siguen aprovechándose del sistema. Consideran que esta actitud relativiza la culpa del presidente argelino, aunque sin disculparle totalmente.

Por mucho, con las manifestaciones actuales, Argelia está demostrando, una vez más, su singularidad en el mundo árabe. En 2011, los argelinos no quisieron imitar a los países de alrededor: consideraron que la Primavera argelina ya había ocurrido en 1988, cuando salieron a las calles para reclamar el fin de un sistema basado sobre un partido único. Hoy, se manifiestan mientras todos aquellos que se habían levantado en 2011 están intentando volver a sus casas. Pero tampoco nos debe de extrañar este hecho de parte de un país conocido como uno de los más orgullosos de la región.

¿Que va a ocurrir ahora en Argelia? En realidad, es imposible saberlo. El presidente Buteflika está ingresado actualmente en un hospital en Suiza. Si se ve obligado a renunciar a un quinto mandato, el aparato de estado recurrirá a un candidato alternativo para representar al partido del Frente de Liberación Nacional. Pero hasta en este caso, igual ganará las elecciones del 18 abril de 2019 el candidato del, sistema sea quién sea. A pesar de todo, eso no es lo que más cuenta, de momento.

Lo más importante hoy es ver como los argelinos, empezando con los jóvenes, han logrado mandar señales de alarma al régimen. Es un paso positivo. Pero para que sea determinante, las asociaciones de la sociedad civil necesitan organizarse de manera eficiente. Si el poder argelino logró imponer sus deseos a la población, es porque pudo aprovecharse de las debilidades de una sociedad civil incapaz de organizarse eficientemente. Si los argelinos desean reformar el país a largo plazo, lo lógico es que empiecen reformando sus malos hábitos ya.

Barah Mikail

(Este artículo ha sido publicado en la edición del domingo 3 de marzo de 2019 del periódico La Razón)

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